lunes, 11 de octubre de 2010

LA CONDESA SANGRIENTA Y SUS ESBIRROS: datos y curiosidades




Consideraba la vida como el bien supremo. Como se aburría siempre de forma tremenda, antes dar comienzo su larga lista de atrocidades, había constituido una corte de degenerados y ociosos con los que iba de castillo en castillo.

Siempre tenía por su habitación pergaminos escritos con sangre de gallina.
La llamaban la "Alimaña de Csejthe".

Erzsébet poseía un vocabulario que las mujeres de buena familia empleaban pocas veces y que ella usaba sobre todo durante sus crisis de erotismo sádico, dirigiéndose a jóvenes enloquecidas de dolor por los alfileres que les habían clavado bajo las uñas, o cuando, en su frenética pasión, les quemaba ella misma el sexo con un cirio.

Se bañaba en la sangre de las muchachas y en ciertas ocasiones, para ser más blanca, se introducía en una bañera con suave agua de ternera y se frotaba con ungüento de mano de cordero.

Erzsébet pinchaba a sus mujeres con alfileres, se tiraba en la cama y, revolcándose presa de una de aquellas crisis que acostumbraban a tener los Báthory, hacía que le trajeran dos o tres robustas campesinas muy jóvenes, las mordía en el hombro y masticaba luego la carne que había podido arrancar.

Había una misteriosa mujer que venía a verla disfrazada de muchacho. Para satisfacer su cruel pasión se dedicaban a desmenuzar con unas pinzas el busto de una muchacha en un apartado aposento del castillo, ignoraban que las habían sorprendido al menos dos veces. La sirvienta y el lacayo habían salido huyendo sin mirar hacia atrás y esperaron el proceso para hablar.

Las aldeas situadas al pie de los castillos de la Alta Hungría se negaban a dejar marchar a sus muchachas. Las artimañas de Dorkó, Jó Ilona y Kateline Beniezky ya no daban resultado.

En una ocasión la Condesa esta en su carroza y le llevaron a una joven sirvienta a la que mordió frenéticamente y pellizcó donde podría. La joven se escabulló fuera de la carroza y echó a correr por la nieve, pronto la cogieron y la llevaron donde estaban los lacayos, quienes fueron a sacar agua de debajo del hielo de los fosos. La desnudaron y la dejaron de pie en la nieve, le echaron el agua helada por encima, que se le congeló instantáneamente sobre el cuerpo. Repitieron este ritual hasta que murió y la enterraron al borde del camino, en el campo, bajo la nieve.

Al principio se celebraban funerales, como para todo el mundo, en la iglesia. Conservaban los cuerpos lavados, vestidos y recompuestos el tiempo que exigía la costumbre para permitir a la familia venir de lejos. A ésta se le daban explicaciones plausibles y comida. Pero un día se presentó una madre en el castillo para ver a su hija. A ésta, jovencísima, la había matado dos días antes y, precisamente, se estaban preguntando dónde meter ese cuerpo en el que las torturas había dejado huella. Le dijeron que había muerto y la madre insistió en ver su cadáver, pero estaba tan desfigurado que se negaron a enseñárselo y se apresuraron a enterrarla en cualquier sitio. A la madre la encerraron y se asustó tanto que no dijo nada, pero en el proceso fue la primera que habló.

La Condesa Báthory pasó la mayor parte de su vida en el Castillo de Csejthe. Le gustaba por su aspecto salvaje, sus muros que ahogaban todos los ruidos, sus estancias de techo bajo y, en lo alto de la pelada colina, su aspecto lúgubre. Bajo los sótanos del castillo, en el lugar en el que se había puesto la primera piedra, los albañiles habían emparedado viva a la primera joven que pasaba por allí para traer suerte, proporcionar abundancia y asegurar la descendencia a sus dueños.

Un día el marido de Erzsébet, acompañado por ésta, durante un paseo por el jardinillo privado del castillo, vio a una de sus jóvenes parientes llorosa y desnuda, atada a un árbol, untada de miel y cubierta de hormigas y moscas. La Condesa le explicó que aquella muchacha había robado una fruta. No le preocupaba gran cosa lo que su esposa hiciera con sus sirvientas, con tal de que no le diera la lata con ello las pocas veces que estaba a su lado.

Un herrero, bien pagado y atemorizado con amenazas, había forjado en el secreto de la noche una increíble pieza de ferrería de manejo particularmente difícil. Era una jaula cilíndrica de láminas de hierro brillantes sujetas por aros. El interior estaba provisto de pinchos acerados. En ella encerraban a una joven sirvienta desnuda e la izaban hasta el techo con ayuda de una polea. Entonces aparecía la Condesa con un vestido de lino blanco y se sentaba lentamente en un escabel colocado bajo la jaula. Tomando un hierro agudo y un atizador al rojo vivo, Dorkó empezaba a pinchar a la prisionera, quien, en sus movimientos de retroceso, iba a golpearse violentamente contra los pinchos de la jaula. A cada golpe aumentaban los ríos de sangre que caían sobre la Condesa.

Cuando esta jaula de Viena se le antojó anticuada, Erzsébet Báthory fue a Alemania y, al parecer, por medio del relojero Dolna Krupa, encargó su propia “Doncella de Hierro”. Este ídolo lo instalaron en la sala subterránea del castillo de Csejthe. Un mecanismo hacía que se le abriera la boca con una sonrisa bobalicona y cruel, enseñando dientes humanos, y que moviera los ojos. Por la espalda, cayéndole casi hasta el suelo, se extendía una cabellera de muchacha rubio platino. Un collar de piedras preciosas incrustadas le caía por el pecho. Precisamente tocando una de esas piedras era como se ponía todo en movimiento. Del interior salía el enorme y siniestro ruido del mecanismo. Entonces los brazos empezaban a levantarse y, pronto, su abrazo se cerraba bruscamente sobre lo que se hallara a su alcance. Dos grandes planchas rectangulares se deslizaban a izquierda y derecha y, en el lugar de los senos maquillados, el pecho se abría, dejando salir lentamente cinco puñales acerados que atravesaban sabiamente a la abrazada, con la cabeza echada hacia atrás y la larga cabellera suelta como la de la criatura de hierro. Apretando otra piedra del collar, los brazos caían, la sonrisa se apagaba y los ojos se cerraban de golpe. Se dice que la sangre de las muchachas apuñaladas corría entonces por un canalillo que iba a una especie de bañera situada en la parte de abajo y que se mantenía caliente. Pero pronto los complicados engranajes se averiaron, se oxidaron y nadie supo repararlo, además la Condesa se cansó de la rutina y torturas más variadas y animadas sucedieron a esta máquina de la muerte.


FIZCKÓ

Ujváry, el lacayo de la Condesa, era horrorosamente feo. Era un muchacho de la región, una especie de gnomo medio idiota y jorobado, perverso pero muy dócil, que estaba desde siempre su servicio. Le llamaban Ficzkó.

El Conde Nádasdy de lo dio para que lo criara a un pastor llamado Ujváry y de él tomó el nombre. A los 5 años hacía ya oficio de bufón, pero cuando cumplió los 18 años no hacía reír a nadie pues era malvado, tenía una fuerza enorme en los brazos y le gustaba vengarse de forma terrible de quienes se burlaban de su fealdad, y así fue como se convirtió en uno de los principales ejecutores de las crueles órdenes que procedían del castillo.

Cuando lo condenaron tenía unos 20 años. Ficzkó declaró en el proceso a la pregunta “¿Qué trato se les daba a las víctimas?” que se las podría ver tan negras como el carbón a causa de la sangre coagulada sobre sus cuerpos. Siempre había cuatro o cinco jóvenes desnudas y en ese estado las veían los mozos coser o atar haces en el patio. La Condesa Báthory les quemaba las mejillas, los pechos y otras partes del cuerpo con un atizador al rojo vivo. Lo más horrible que se les hacía en ocasiones era abrirles la boca a la fuerza con los dedos y tirar hasta que se desgarraban las comisuras. También les clavaba alfileres debajo de las uñas. Un día, por que la habían calzado mal, hizo que le trajeran una plancha ardiendo y planchó en persona los pies a la sirvienta culpable, diciéndole: “Ahora ya tienes tú también unos lindos zapatos con las suelas encarnadas”.


DORKÓ Y DARVULIA

Dorkó, una de sus más fieles sirvientas y cómplice en sus crímenes, cuando veía que la Condesa tenía un dobladillo mal cosido torcía el gesto y preguntaba quién, de entre el inquieto grupo de sirvientas, había cosido aquel dobladillo con bramante en vez de con hilo. Elegía a dos o tres muchachas y les cortaba la piel de entre los dedos para castigarlas por su torpeza, luego, ya metidas en harina, las desnudaba y les clavaba alfileres en los pezones. Aquello a veces duraba horas. Dorkó era la más cruel de las sirvientas y poseía una imaginación diabólica e inventaba continuamente nuevos suplicios.

Normalmente, para sus maquiavélicas torturas, utilizaban agujas, cuchillos, látigos y atizadores al rojo vivo. Pero en ocasiones untaba a sus víctimas desnudas en miel y las dejaba atadas en medio del bosque por la noche, para que si no las devoraban las fieras fuera presa de las moscas y hormigas. Cuando a veces estas jóvenes se desmayaban la Condesa ordenaba a Dorkó que les prendiera entre las piernas papel empapado de aceite para despertarlas.

Si las sirvientas robaban algo de comer o un poco de dinero; o si descuidaban el complicado encañonado de las famosas golas o hablaban mientras bordaban, cuando Erzsébet tenía un buen día mandaba a Dorkó desnudarlas y proseguir su trabajo desnudas y rojas de vergüenza, o las mandaba desnudas en un rincón, de pie. Pero si Erzsébet tenía uno de sus tormentosos días pobre de aquella que hubiera robado una moneda. Jó Ilona mantenía abierta la mano de la muchacha y Dorkó, o a veces la propia Condesa, con la punta de unas tenacillas, le depositaba en ella la moneda al rojo vivo. O bien, cuando la lencería no había quedado adecuadamente planchada, lo que se ponía al rojo vivo era la plancha de encañonar y la propia Erzsébet se la aplicaba en el rostro, la boca o la nariz a la negligente planchadora. Un día Dorkó sujetó la boca abierta de una joven con las dos manos mientras la Condesa hundía la plancha hasta la garganta de la culpable. Y si en esos días nefastos, a las muchachas se les ocurría hablar mientras bordaban flores, Erzsébet, con su propia mano, le cerraba los labios a la más charlatana atravesándoselos con agujas.

Kateline Beniezcy era la que tenía el cometido de lavar la sangre hasta la última huella.

A partir de 1604, tras la muerte del conde Nádasdy, una misteriosa criatura se había apoderado por completo de la mente Erzsébet Báthory. Ciertas noches se hundía en el bosque para aullarle a la luna. Comenzó a recibir los servicios de una vieja mujer llamada Darvulia conocida como “la bruja del bosque”. Tras su llegada al castillo no hubo más que llantos y disputas. Kateline Beniezky, apiadándose a veces, daba algo de comer a las jóvenes sirvientas encerradas en los sótanos en espera de su destino. Lo pagó caro el día en que la Condesa, enferma, se enteró, la mandó llamar junto a su cama y la mordió.

Darvulia bajaba a los sótanos y escogía las muchachas que le parecían mejor alimentadas y más resistentes. Con ayuda de Dorkó las conducían a los lavaderos donde ya se encontraba su señora en su alta silla esculpida, mientras Jó Ilona y otras se encargaban del fuego, de las ligaduras, de los cuchillos y de las navajas de afeitar. A las dos o tres jóvenes, las dejaban completamente desnudas, con el pelo suelto. Eran hermosas y tenían menos de 18 años. Dorkó les ataba los brazos muy fuerte y se turnaba con Jó Ilona para azotarlas con una varita de fresno verde que dejaba horribles surcos. A veces, seguía la propia Condesa. Cuando la muchacha era toda una llaga tumefacta Dorkó tomaba una navaja de afeitar y hacía incisiones en su cuerpo. Tal era el baño de sangre que Erzsébet Báthory pronto tenía que cambiarse el vestido, ya que sus mangas blancas se tenían de rojo. Cuando la joven, por fin, estaba próxima a morir, Dorkó, con unas tijeras, le abría las venas de los brazos. Algunos días, cuando la Condesa estaba harta de sus gritos, mandaba que les cosieran la boca para dejar de oírlas.

En ocasiones traían un gran puchero de barro pardo y mandaban venir tres o cuatro muchachas rebosantes de salud a las que habían dado de comer cuánto había querido, mientras empezaban a fortalecer a otras cuatro para la vez siguiente. Dorkó les ataba los brazos con unas cuerdas muy apretadas y les cortaba venas y arterias. La sangre brotaba e iba llenando el puchero y cuando todas agonizaban por el suelo Dorkó la vertía sobre la Condesa.

Erza Majorova ocupó el puesto de Darvulia tras su muerte.

Cuando alguien incomodaba a Erzsébet, ésta no dudaba en decir a Darvulia que hiciera sus famosos pasteles. Inmediatamente, Darvulia iba a pedirle veneno a Majorova.

La Condesa se enfureció al ver que seguía envejeciendo y Erza Majorova le dijo que era por que habían sacrificado a simples muchachas del campo, sirvientas, y que debían ser hijas de nobles campesinos, barones o caballeros. Y fue una cacería encarnizada. La estratagema que se le había ocurrido a Erzsébet para atraer a su casa a estas jovencitas era muy sencilla. Sus criadas tenían que declarar en estilo húngaro florido, pero claro, que la “Dama de Csejthe” se veía en el momento de enfrentarse con un invierno más, sola en su aislado castillo; que estaba dispuesta a acoger en su casa a jóvenes de familias nobles para iniciarlas en el buen tono y en los buenos modales y también para enseñarles idiomas. A cambio, no pedía más que su compañía en Csejthe durante el largo invierno. Las viejas trajeron muchas jóvenes, unas veinticinco, pero al cabo de un par de semanas sólo quedaban dos.

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EL PROCESO Y LA CONDENA

El acta de proceso de Erzsébet Báthory quedó abandonada en un sobrado de Bicse, donde el polvo, los ratones y la lluvia hicieron al cabo de ciento sesenta años, casi indescifrable. Un padre jesuita logró leerla y rememorar la sombría vida de una Condesa que sólo buscaba jovencitas bellas y sin defectos para sacrificarlas.

Sólo sus damas de honor no testimoniaron en su contra, no comparecieron en el proceso.

La Condesa Báthory no hizo ninguna grandiosa demostración de arrepentimiento, jamás pidió gracia, ni la muerte. Murió rodeada sólo des fasto de su persona.

Poco antes de ser descubierta, en las fiestas de navidad, Thurzó, primo de la Condesa, le dijo a ésta que la acusaban de haber asesinado d las nueves muchachas enterradas en la iglesia de Csejthe alrededor de la tumba del Conde Országh. Decían que había torturado y asesinado a varios cientos de muchachas y que se había bañado en su sangre para conservar juventud y belleza. Erzsébet lo negó todo. Thurzó le dijo que había testigos y decidió junto a Zavodsky, también consejero de la Condesa, convocar a sus familiares que se encontraban allí y pedirles que la vigilaran estrechamente y que le impidieran alargar la lista de sus desmanes. El Palatino, para dejar a salvo el honor de la familia Báthory había decidido llevar a Erzsébet a Varannó, dejarla allí algún tiempo y después recluirla en un monasterio.

El 29 de diciembre de 1610 llegaron Thurzó y los yernos de Erzsébet. Como Thurzó sabía que su orgullosa prima era capaz de defender encarnizadamente sus castillos cuando lo estimaba oportuno, había hecho que lo siguiera una delegación rodeada de hombres de armas. Acompañado también por el pastor de Csejthe y provistos de antorchar bajaron al subterráneo de los crímenes, de donde subía el olor a cadáver, y penetraron en la sala de tortura con los muros salpicados de sangre. Allí estaba la “Doncella de Hierro”, jaulas e instrumentos junto a fuegos apagados. Hallaron sangre seca en el fondo de grandes pucheros, vieron celdas donde se encarcelaba a las muchachas y un profundo agujero por donde se hacía desaparecer a la gente. Allí, echada junto a la puerta, encontraron a una joven desnuda y muerta. A la luz de la antorcha podían verse las señales dejadas por los instrumentos de tortura: la carne destrozada, los pechos acuchillados, los cabellos arrancados a puñados. En algunas zonas de las piernas y de los brazos no quedaba carne sobre los huesos. Fue más allá y encontró a otras dos muchachas desnudas. En el fondo de los sótanos, en una celda sin aire, descubrieron al grupo asustado de las reservadas para la vez siguiente. Le dijeron que primero las habían dejado morirse de hambre y que luego les habían hecho comer carne asada de sus compañeras muertas. Encontraron el maletín de torturas: los hierros, las agujas, las tijeras que servían para mutilar la nariz, las orejas, los labios y mucho más. Todos estos objetos se han conservado en un pequeño museo de Pistyán.

Encontraron un cuadernillo de notas en la habitación de la Condesa, de su puño y letra, en el que describía a sus víctimas, seiscientas diez en total. Apuntaba sus nombres y sus particularidades.

Cuando Thurzó descubrió esta masacre, Erzsébet Báthory no se encontraba en el castillo. Estaba en su nueva guarida, altiva y orgullosa, sin negar nada y proclamando que todo entraba en sus derechos de mujer noble y de alto rango.

El Palatino condenó entonces a la Condesa a prisión perpetua en su propio castillo. Thurzó se negó a que juzgaran a Erzsébet en público, en beneficio de los descendientes de los Nádasdy. Se prohibió a todo el mundo que se comunicara con ella, incluido el pastor. Cuando se dictó irrevocablemente la sentencia, fueron a Csejthe unos albañiles. Una tras otras, tapiaron con piedras y mortero las ventanas del cuarto en que la Condesa iba viendo disminuir progresivamente la luz. Sólo dejaron, en todo lo alto, una delgada ranura de claridad y de aire por la que podía vislumbrar el cielo en el que ya iban alargándose los días. Después de haber tapiado las ventanas, los obreros empezaron a levantar un grueso muro delante de la puerta de la habitación, dejando sólo una ventanilla que permitiera pasar un poco de comida y agua. Y cuando todo quedó terminado, se levantaron en las cuatro esquinas del castillo cuatro cadalsos para poner de manifiesto que dentro vivía una condenada a muerte. Muy de tarde en tarde alguien subía al castillo y hacía pasar por la ventanilla del muro lo estrictamente necesario. Tres años y medio vivió en esas condiciones, con un frío mortal y medio muerta de hambre. Pero no puedo soportar la reclusión ni, sobre todo, el frío intenso de esos inviernos sin lumbre. Murió lentamente, sin llamar a nadie, no depositó esquela alguna para pedir consolación divina en ese reborde de la ventanilla por la que le pasaban el pan. No escribió ninguna petición de indulto, sino sólo su testamento, que rehízo un mes antes de su muerte.

Murió el 21 de agosto de 1614.

A los esbirros de la Condesa los conderon a muerte. Toda la comarca quiso asistir a las ejecuciones, que tuvo la mañana del 7 de enero de 1611. El verdugo, vestido de rojo y con la cabeza cubierta por una capucha, esperaba ante la hoguera que ya estaba encendida. El verdugo hundió unas tenazas en el fuego y depositó la espada en un tajo. Entonces el juez real dio lectura al acta de acusación y a la condena: a Jó Ilona y Dorkó les arrancaron los dedos con las tenazas, por que esos eran los dedos con los que se cometieron los crímenes contra el sexo femenino y, seguidamente, se les arrojó vivas al fuego. A Ficzkó, como tenía unos veinte años y no había participado en todos los crímenes, se le impuso una pena más moderada. Le decapitaron y, ya muerto, le arrojaron al fuego.

Ciento sesenta años después de estos acontecimientos, encontraron la minuta del proceso en un montón de viejas ruinas. Este original del proceso fue pasando de mano a mano, se conservó mucho tiempo en los Archivos del Cabildo de Grán y, recientemente, se encontraba todavía en los Archivos nacionales de Budapest.


1 comentario:

julia dijo...

Cada dia me asombras más,un beso